Preso 1987 – II

He de reconocer que casi consigue convencerme, pero tengo bastante con mis lamentos. Llevar un compañero de viaje en medio de este caos, del que aún desconozco su magnitud, sólo puede traerme problemas. Además tengo la certeza de que en algún lugar del mundo hay alguien que va a sonreír al saber cual ha sido el devenir de este maldito cabrón.

A diferencia de él, yo no le brindé ni una sola palabra. Me dediqué a mirarlo fijamente e idear la manera más cruel de quitarlo de mi camino. No tenía mucho tiempo, así que olvidé todas mis divagaciones y aposté por la eficacia.

Caminé lentamente hasta que pude estar sobre su cabeza. Seguía lamentándose de su suerte e imploraba, como rezando a un ser misericordioso, su perdón. Tenía claro cual era mi objetivo y, con la misma frialdad de siempre, actué.

Elevé mis brazos por encima de mi cabeza sujetando la barra de la ventana con mis manos. Cerré los ojos y aspiré hasta que el pecho se llenó por completo. Justo antes de descargar toda mi ira sobre su cráneo abrí los ojos y vi como me observaba con su mirada sumergida en el horror. Aunque lo intentó, cuando quiso darse cuenta tenía hundido en el centro de su frente una barra de acero de apenas treinta centímetros. Sus ojos se quedaron vacíos, se perdieron en la inmensidad del dolor.

Me quedé unos segundos paralizado, observando la escena. No era la primera vez que mataba a alguien, pero nunca lo había hecho de esta forma. Su cuerpo se desplomó al poco tiempo del impacto, dejando un reguero de sangre que brotaba de la herida. Aquel trozo de metal había resultado ser más productivo de lo esperado, así que lo arranqué de un gesto provocando una crecida en la catarata que salía de aquel oscuro pozo en el que se había convertido su entrecejo. Algo me decía que tendría que volver a utilizarlo.

Al atravesar la puerta me adentré en el pasillo que daba acceso al edificio principal. Todas las puertas estaban abiertas, como la mía, lo cual añadía un toque más demencial a la escena. Arrastraba los pies por el camino para no hacer mucho ruido, no quería ser descubierto.

Las habitaciones que iba dejando atrás ya habían sido saqueadas minuciosamente antes de mi llegada, por lo que no les presté ninguna atención. Un reflejo al final del pasillo hizo sonar mis alarmas. Alguien me observaba desde el ojo de buey de una de las puertas, la única que permanecía cerrada. Al fijar la vista, quien quiera que estuviese detrás del cristal se apartó. Me habían descubierto.

En el otro extremo del corredor había una escalera de caracol a la que ni siquiera le había echado cuenta. Parecía tener acceso a las torretas de vigilancia y las oficinas de los funcionarios. ¿Qué hacer ahora? ¿Corría hacia la puerta para ver quién había detrás? O ¿Sería la escalera un lugar más seguro?

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Categorías: Preso1987, Relato de Aventura | 2 comentarios

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2 pensamientos en “Preso 1987 – II

  1. Ir hacia la puerta y ver quién hay detrás.

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