Preso 1987

Vivir dentro de un módulo de aislamiento a veces tiene cosas agradables. Hacía días que no pasaba ningún funcionario cerca de mi puerta para insultarme y eso empezaba a mosquearme. Podían olvidarse de llevar el almuerzo, pero no de ir a recordarme lo miserable que era. Si, así es la vida en la cárcel. Esta mañana, sin avisar, se abrió la puerta. Fue bastante extraño. Para quien no lo sepa; estas puertas están controladas por un ordenador central situado en el despacho del alcaide.

Si las cuentas no me fallaban, aún no tenía porque salir de allí. Por lo tanto, no tenía sentido ese repentino giro en mi rutina. Me preparé para lo peor. De sobra eran conocidas las historias del aislamiento. No sería el último ni el primero al que le habrían roto un par de huesos y luego lo harían pasar por una simple caída bajando las escaleras. Caminé lentamente hacia la puerta. Mis puños; esa era la única defensa que tenía si la cosa se ponía fea. La empujé con sumo cuidado, lo suficiente para tener una panorámica del pequeño patio que había frente a mi celda. El silencio en el exterior era aún mayor que entre mis cuatro paredes.

No había nada, ni un alma. El aspecto era desolador. Un olor insoportable a sangre inundaba todos los rincones de aquel minúsculo rellano. No era de extrañar, era allí donde saciaban sus más oscuros instintos los carceleros. Observé que al final del pasillo había una puerta, también abierta, así que me encaminé hacia ella. Durante lo que duró el camino, hasta llegar a la puerta, fui inspeccionando las ventanas en busca de algo que aclarase aquella situación, no obtuve respuesta alguna. Una de las ventanas tenía una reja suelta, así que la cogí. No era mucho, pero si algo más contundente que mis nudillos.

Coloqué mi mano sobre la puerta mientras sostenía en la otra mi improvisada arma. Justo cuando iba a empezar a tirar de la puerta, unos pasos empezaron a acercarse acompañados de un grito ensordecedor. El golpe contra la puerta fue tal que  reculé varios metros. El trozo de reja había caído bastante lejos y de nuevo mis manos eran mis únicas aliadas.

Ante mi tenía al preso número 2503, eso fue lo que pude adivinar con una simple ojeada a su uniforme. Su rostro estaba cubierto de sangre, sus ojos parecían estar vacíos y de su boca empezaron a salir estas palabras:

– Por favor, no me mates. Ellos, mátalos a ellos. Son los que me han hecho esto.

¿Cómo creer a un chiflado que acaba de aparecer corriendo por la puerta? ¿Le mato y sigo mi camino? ¿Le ayudo a sobrevivir? ¿Qué narices estaba ocurriendo?

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Categorías: Preso1987, Relato de Aventura | 2 comentarios

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2 pensamientos en “Preso 1987

  1. weiss

    Desconcertante… ¡Tienes que continuarlo!

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