Club de carretera

Ese día no tenía ganas de escucharla así que salí dando un portazo y me fui sin más. Al poco tiempo me encontraba al volante de mi ranchera y no tenía un destino marcado, sólo conducía. En la radio no sonaba ninguna canción que consiguiese animarme, así que opté por rebuscar entre mi vieja colección de discos. Tampoco encontraba nada y lo único que conseguía era aumentar mi cabreo. Para colmo el teléfono empezó a sonar, era ella. A saber que coño querría ahora. Lo último que me apetecía en el mundo era oír otro sermón telefónico, así que la ignoré tantas veces como llamó.

Un neón medio caído llamó mi atención desde una de las cunetas de la carretera. Me salí por una pequeña vía de servicio y aparqué justo al lado de la puerta.  El lugar parecía vacío, pero era extraño que continuase encendido el letrero.  Las puertas, mezcla de hierro y madera mohosa, se encontraban abiertas y yo, sin saber que me estaba esperando, me dispuse a entrar. Tampoco tenía un plan mejor.

¡Dios santo! fue lo primero que salió de mi boca. ¿Qué cojones ha pasado aquí?

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Categorías: Club de carretera, Minirelato, Zombie | Deja un comentario

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