Hasta pronto

Ha sido un placer poder compartir con todos vosotros este espacio y que hayáis disfrutado leyendo mis microrelatos.

Abrimos un nuevo espacio de encuentro en:

http://castrozincognito.blogspot.com.es/

Espero veros allí a todos.

Un abrazo

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Preso 1987 – III

Por el momento deseché la idea de la escalera, algo había tras ese cristal y necesitaba saber que era. También estaba el incómodo asunto de haber sido descubierto. No podía quedarme a esperar alguna reacción, tenía que tomar la iniciativa. Ya saben eso que dicen del que golpea primero.

Mientras caminaba lentamente hacía la puerta, unas palabras abrieron de par en par las ventanas de mi memoria. “Ellos, mátalos a ellos”. ¿De quién hablaba aquel hijo de puta? ¿Serían los protagonistas de sus palabras quienes se encontraban tras aquella misteriosa puerta? Sólo había una forma de averiguarlo.

Me faltaban unos pasos para alcanzar el ojo de buey por el que se podía ver el interior de la sala. Mis zancadas se fueron haciendo cada vez más cortas y precisas, con la intención de aproximarme todo lo posible. La inspección iba a dar comienzo de un momento a otro, todo estaba preparado.

Mis ojos analizaban cada milímetro de aquel habitáculo.  Una hilera de mesas perfectamente colocadas, a modo de comedor de instituto, se abría paso en el centro. En un lateral había colocada una estantería metálica en la que se podía distinguir varios bultos negros sobre ella.  Nada que llamase mi atención. Seguí investigando, sin poder caminar pos sus baldosas, el resto de la  peculiar estancia. Enfrentada a la anterior estantería se situaba otra exactamente igual pero esta vez variaba el contenido. Sobre los estantes había colocadas unas cajas con algo escrito a mano en su parte delantera. Todo parecía bastante ordenado, nada que ver con lo que había visto hasta ahora.

Haciendo un esfuerzo por intentar averiguar que se encontraba justo al final de la habitación, improvisé unos prismáticos con mis manos. ¿Unas camas? ¿Que pintaban allí unas camas? Parecía un campamento improvisado. En ese momento noté como algo se movía tras de mi. Esperaba que no fuese otro gusano como el anterior y tuviera que acabar con él. Me dí la vuelta con aires chulescos y justo antes de que pudiera darme cuenta un puño se había incrustado en mi rostro, dejándome fuera de combate.

Durante unos segundos no vi nada. Sólo oía comentarios y notaba como movían mi cuerpo de un lado para otro. Reconocí una de las frases que dijeron: “Gracias a Dios, no es uno de ellos”

De nuevo estaban “Ellos” allí para acompañarme. ¿Qué estaba pasando allí dentro? Y sobre todo ¿Quienes eran “Ellos”? Sabía que esas iban a ser mis preguntas una vez que recobrase el sentido. Me pesaban tanto los párpados, mi cuerpo se había convertido en una losa.

Desperté sobre un catre de mala muerte. A lo lejos pude ver la ventana desde la que miraba anteriormente. No había duda, había conseguido entrar. Desde aquí si podía leer lo que había escrito en las cajas: eran medicamentos. La otra estantería estaba repleta de armas y munición, supuse que eran los bultos negros que no lograba diferenciar.

– Bienvenido muchacho- dijo un barbudo con mala pinta que me observaba mientras se fumaba un cigarro echado en la pared. 

– ¿Dónde estoy? – estúpida pregunta la mía.

– Ya lo descubrirás, de momento debes aprender que no eres tú quien hace las preguntas – noté como el magma volcánico de mi interior comenzaba a calentarse.

– ¿Te han mordido? – pregunto de nuevo mi nuevo amigo.

– ¿Mordido? ¿Quién? 

– La pregunta es muy sencilla muchacho, ¿Te han mordido? ¿Si o no? – elevó el tono como síntoma de impaciencia.

– No, desde que se abrió mi celda no me he cruzado con nadie – mentía, pero ellos no tenían porque saber nada.

– Está bien, te vamos a dar una oportunidad. No hay tiempo para contarte toda la historia, así que seré breve. Ahí fuera hay algo que ni siquiera nosotros sabemos qué es. Nos hemos refugiado de manera provisional en esta pocilga humana. La única condición para permanecer aquí dentro es contribuir con tu trabajo. 

Todo esto me estaba sonando tan raro que creía estar aún soñando. ¿Refugiados? ¿De qué? Aquel enclenque barbudo podía él solo con mi peso ¿Dónde estaban los demás?

Dio una intensa calada a su cigarro hasta matarlo por completo. Lo tiró al suelo y se acercó a mi cara.

– Ahora es cuando viene lo interesante colega. En nuestra improvisada comuna nos dedicamos a la exploración y a la liquidación. Ambos son igual de interesantes pero según el que escojas, marcará de una manera u otra tu camino.

¿Qué eliges?

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Preso 1987 – II

He de reconocer que casi consigue convencerme, pero tengo bastante con mis lamentos. Llevar un compañero de viaje en medio de este caos, del que aún desconozco su magnitud, sólo puede traerme problemas. Además tengo la certeza de que en algún lugar del mundo hay alguien que va a sonreír al saber cual ha sido el devenir de este maldito cabrón.

A diferencia de él, yo no le brindé ni una sola palabra. Me dediqué a mirarlo fijamente e idear la manera más cruel de quitarlo de mi camino. No tenía mucho tiempo, así que olvidé todas mis divagaciones y aposté por la eficacia.

Caminé lentamente hasta que pude estar sobre su cabeza. Seguía lamentándose de su suerte e imploraba, como rezando a un ser misericordioso, su perdón. Tenía claro cual era mi objetivo y, con la misma frialdad de siempre, actué.

Elevé mis brazos por encima de mi cabeza sujetando la barra de la ventana con mis manos. Cerré los ojos y aspiré hasta que el pecho se llenó por completo. Justo antes de descargar toda mi ira sobre su cráneo abrí los ojos y vi como me observaba con su mirada sumergida en el horror. Aunque lo intentó, cuando quiso darse cuenta tenía hundido en el centro de su frente una barra de acero de apenas treinta centímetros. Sus ojos se quedaron vacíos, se perdieron en la inmensidad del dolor.

Me quedé unos segundos paralizado, observando la escena. No era la primera vez que mataba a alguien, pero nunca lo había hecho de esta forma. Su cuerpo se desplomó al poco tiempo del impacto, dejando un reguero de sangre que brotaba de la herida. Aquel trozo de metal había resultado ser más productivo de lo esperado, así que lo arranqué de un gesto provocando una crecida en la catarata que salía de aquel oscuro pozo en el que se había convertido su entrecejo. Algo me decía que tendría que volver a utilizarlo.

Al atravesar la puerta me adentré en el pasillo que daba acceso al edificio principal. Todas las puertas estaban abiertas, como la mía, lo cual añadía un toque más demencial a la escena. Arrastraba los pies por el camino para no hacer mucho ruido, no quería ser descubierto.

Las habitaciones que iba dejando atrás ya habían sido saqueadas minuciosamente antes de mi llegada, por lo que no les presté ninguna atención. Un reflejo al final del pasillo hizo sonar mis alarmas. Alguien me observaba desde el ojo de buey de una de las puertas, la única que permanecía cerrada. Al fijar la vista, quien quiera que estuviese detrás del cristal se apartó. Me habían descubierto.

En el otro extremo del corredor había una escalera de caracol a la que ni siquiera le había echado cuenta. Parecía tener acceso a las torretas de vigilancia y las oficinas de los funcionarios. ¿Qué hacer ahora? ¿Corría hacia la puerta para ver quién había detrás? O ¿Sería la escalera un lugar más seguro?

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Preso 1987

Vivir dentro de un módulo de aislamiento a veces tiene cosas agradables. Hacía días que no pasaba ningún funcionario cerca de mi puerta para insultarme y eso empezaba a mosquearme. Podían olvidarse de llevar el almuerzo, pero no de ir a recordarme lo miserable que era. Si, así es la vida en la cárcel. Esta mañana, sin avisar, se abrió la puerta. Fue bastante extraño. Para quien no lo sepa; estas puertas están controladas por un ordenador central situado en el despacho del alcaide.

Si las cuentas no me fallaban, aún no tenía porque salir de allí. Por lo tanto, no tenía sentido ese repentino giro en mi rutina. Me preparé para lo peor. De sobra eran conocidas las historias del aislamiento. No sería el último ni el primero al que le habrían roto un par de huesos y luego lo harían pasar por una simple caída bajando las escaleras. Caminé lentamente hacia la puerta. Mis puños; esa era la única defensa que tenía si la cosa se ponía fea. La empujé con sumo cuidado, lo suficiente para tener una panorámica del pequeño patio que había frente a mi celda. El silencio en el exterior era aún mayor que entre mis cuatro paredes.

No había nada, ni un alma. El aspecto era desolador. Un olor insoportable a sangre inundaba todos los rincones de aquel minúsculo rellano. No era de extrañar, era allí donde saciaban sus más oscuros instintos los carceleros. Observé que al final del pasillo había una puerta, también abierta, así que me encaminé hacia ella. Durante lo que duró el camino, hasta llegar a la puerta, fui inspeccionando las ventanas en busca de algo que aclarase aquella situación, no obtuve respuesta alguna. Una de las ventanas tenía una reja suelta, así que la cogí. No era mucho, pero si algo más contundente que mis nudillos.

Coloqué mi mano sobre la puerta mientras sostenía en la otra mi improvisada arma. Justo cuando iba a empezar a tirar de la puerta, unos pasos empezaron a acercarse acompañados de un grito ensordecedor. El golpe contra la puerta fue tal que  reculé varios metros. El trozo de reja había caído bastante lejos y de nuevo mis manos eran mis únicas aliadas.

Ante mi tenía al preso número 2503, eso fue lo que pude adivinar con una simple ojeada a su uniforme. Su rostro estaba cubierto de sangre, sus ojos parecían estar vacíos y de su boca empezaron a salir estas palabras:

– Por favor, no me mates. Ellos, mátalos a ellos. Son los que me han hecho esto.

¿Cómo creer a un chiflado que acaba de aparecer corriendo por la puerta? ¿Le mato y sigo mi camino? ¿Le ayudo a sobrevivir? ¿Qué narices estaba ocurriendo?

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Su corazón

Siempre confió en mi. Desde el primer momento hizo todo lo que le pedí. Sacó de mis rincones más oscuros las palabras más bellas para narrar las historias más increíbles. Juntos construimos un mundo de planes y proyectos; ¡qué irónico suena todo ahora! La idea de ser los dos únicos seres vivos en todo cuanto nuestra vista alcanzaba nos causaba simpatía. ¡Cómo sonreía! Me gustaba verla hecha un ovillo de mantas para dar calabazas al frío. Ese mismo frío que heló sus venas a través del mordisco de aquel engendro. No tenía que haber salido ese día de casa, no sé qué se le había perdido ahí fuera. Bueno, ahora si, ahí fuera perdió la vida.

Cuando su cuerpo estaba a punto de ser desmembrado por completo, me acerqué. La imagen que estaba viendo quebró en mil pedazos mi alma. Ella, la misma que antes me sonreía desde el sofá en el que descansaba, estaba siendo devorada sin piedad por uno de esos hijos de puta. No tenía ninguna posibilidad si mi intención era forcejear con él hasta conseguir mi objetivo. Por lo tanto, saqué el revolver que usábamos a modo de protección y apunté a la cabeza del maldito. Un sólo disparo bastó para hacerle caer sobre su cuerpo.

Con mucho tacto, tanto como si de una caricia se tratase, introduje mis manos en su cuerpo. Con un pequeño cuchillo de cocina corté las venas y arterias que desembocaban en el corazón. Cuando noté que estaba suelto, tiré de su órgano vital con fuerza. Lo que siempre había ansiado por fin lo tenía en mi mano. Tuve que esperar a que muriera para poder poseer su corazón.

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Tras la puerta

La seguridad de la casa nunca supuso ningún problema, mi instinto de supervivencia me obligaba a seguir en esta lucha diaria. Pero hace unos días, mientras bajaba la escalera a toda velocidad, escuche un crujido que procedía de mi tobillo. El dolor se hizo insoportable y no pude contener mis gritos.  No me atrevía a levantar el pantalón. El bulto que resaltaba bajo él era suficiente para hacerme una idea de la gravedad del asunto. En ese momento quedó firmada mi sentencia.  Mientras escribo estas palabras observo como empiezan a ceder algunos travesaños de la puerta de entrada a la casa. Uno de los clavos acaba de saltar por la presión, llegando directamente hasta el sillón en el que me encuentro. En mi mano izquierda sujeto un habano, regalo de alguna boda, que encontré metido en el mueble bar. Si tengo que irme hoy, que sea a lo grande. Un listón de madera acaba de caer al suelo, veo sus manos…

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Ahí fuera

Como de costumbre salí a fumar un cigarro sentado en los escalones del porche. Junto a mi pierna descansaba mi Remington 700. ¡Qué cacerías hemos pasado juntos! Lástima que esté gastando sus últimos cartuchos en esto. Es infalible, no tiene rival, quizás ese es el motivo por el que siempre está a mi lado. Me da la tranquilidad que necesito para poder pensar mientras miro al firmamento.  Repito cada noche el mismo ritual: cigarro, rifle y reflexión. ¿Qué esconde ese majestuoso tapiz de lentejuelas? ¿Habrá alguien observándonos? Si es así ¿Por qué no viene en nuestra ayuda? Quizás esté disfrutando del espectáculo y una vez terminado baje a comerse las sobras.

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Friedrich Jankoff – Circus

Si un lugar combinaba a la perfección miseria y elegancia, ese era el Circus. Me encantaba dejar caer mis huesos por aquel sitio. Nunca fue morada para triunfadores ni personajes carismáticos. La barra del bar sabía más de fracasos que cualquier psicólogo barato. Era la guarida de los perdedores, como así lo llamaban algunos. ¡Qué recuerdos! Nunca encontré un sitio en el que a las mujeres le importase más el bulto del trasero que el de la entrepierna.  Eso sólo pasaba en el Circus. Lástima que ahora sea una granja para descerebrados. Mientras enciendo un cigarro observo ese centenar de pieles putrefactas danzando al ritmo que su cerebro les dicta.  No debisteis hacerle esto a mi Bar, este era el único sitio en el que me sentía a gusto. Apenas le quedaba una calada al cigarro, disfruté de su final. Cuando ya no había más llama en su interior, lo arrojé sobre la cera. La gasolina hizo el resto.

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Deuda pendiente

Nunca tuvo el atrevimiento de ponerme una mano encima. Tampoco le hizo falta para llenar mi alma de cicatrices. Su diversión crecía mientras mi autoestima iba menguando. Ignoro si en algún momento le importé lo más mínimo. Él sólo pensaba en si mismo, ni siquiera lloró mientras enterrábamos el cuerpo de mamá. Tras el portón que daba acceso a nuestra casa todos mis sueños se convertían en pesadillas. Por eso, el día que el terror traspasó el dintel y el mundo entero se convirtió en un infierno, no dudé. Su paso tambaleante me provocaba risa. El que tantas veces fuera mi verdugo no era más que una masa de carne inerte que ansiaba mis entrañas.  Sujeté bien fuerte el mango y alcé el hacha sobre mi cabeza. Cuando estuvo junto a mi la inercia hizo el resto. La hoja se hundió en su cabeza, sus rodillas fallaron y acto seguido cayó al suelo. Respiré profundamente mientras contemplaba la escena. Por fin la deuda estaba saldada. Descansa en paz padre.

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Fiebre Z

Nunca dejé de verlos como un recurso fácil. La mayoría de mis colegas habían caído en la tentación mientras yo me mantenía firme en mis principios. Incontables folios en blanco terminaron repletos de relatos de zombies. No se me ocurre peor final para un árbol. Lejana en mis intenciones estaba la idea  de leer algo sobre muertos vivientes, aunque fuese un microrelato. Lo que empezó pareciéndome literatura para principiantes es ya todo un género.  El que ha traspasado el papel para convertirse en la realidad de mis retinas. Mientras escribo estas líneas noto sus pasos en el exterior, vigilantes y sabedores de mi existencia. Mi intransigencia se ha convertido en la tumba y ellos, los que protagonizaban sus escritos, quienes me empujaron a su interior.

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