Me llamo Pitt, aunque no fue así como me bautizaron mis padres. Soy un amante de las armas, técnicas de salvamento, primeros auxilios y demás enjundia que pertenezca al mundo de la supervivencia. Me he criado en el seno de una familia de militares, por lo tanto sé todo lo que se debe saber para seguir con vida en esta locura a la que algunos habéis bautizado como “el fin del mundo”. Para llegar hasta aquí he tenido que acabar con aquellos que conocían mi verdadero nombre. Esos hijos de puta que andan por ahí con el rostro ensangrentado me han permitido ser lo que siempre he deseado y una panda de supervivientes malcriados no van a destrozarlo. Mi madre decía que todo el mundo tenía una segunda oportunidad, esta es la mía.
El refugio
Hace días que no tenemos comunicación. El último mensaje que recibimos del campamento base nos aconsejaba no bajar. Tras esas palabras, el silencio. Desconocemos aún que es lo que está pasando pero las provisiones empiezan a escasear y las condiciones cada hora que pasa son más inestables. Este refugio no está construido para resistir eternamente y el frío acabará matándonos. ¿Que debe estar pasando ahí abajo para que prefieran dejarnos aquí por “seguridad”? Miedo me da pensarlo…
Club de carretera III – Anuncio
No levanté el pie del acelerador en toda la noche, tampoco tenía ningún motivo para hacerlo. El tiempo iba pasando igual que la aguja pasaba de los 160 kilómetros por hora. Durante mi huida hacia ninguna parte me dediqué a ordenar todo lo que había sucedido. Tengo que reconocer que al recordar el altercado con las putas que querían comerme esbocé una sonrisa que sólo puedo ser interrumpida al sonar la voz del locutor de radio para anunciar algo fuera de lo normal.
“Buenos días, por decir algo. Aún no podemos afirmar con certeza lo que está pasando por eso nuestro consejo es: Si está en la calle corra hasta encontrar un escondite, si ya lo tiene no salga de él y si no tiene escapatoria, lo sentimos.” Me heló las venas, ¿Cómo podían anunciar eso? ¿Sería otra jodida broma radiofónica? Todo el mundo se ha vuelto loco con ésto del fin del mundo pero ¿no explicaría esto lo que pasó anoche? .
¡Joder! ¡Lo que me faltaba! El puñetero coche se ha quedado sin gasolina. Un estruendo me avisó y unos metros después se paró por completo. Sin vehículo, perdido en una carretera secundaria sin rastro alguno de civilización y para colmo con esa “recomendación merodeando mi cabeza. La cosa no podía ir mejor…
Cuero negro
Deambulaba con los labios pintados para esa cita a la que nunca llegó. El poco maquillaje que aún cubría su rostro parecía puesto ahí por un enfermo de parkinson. Su mirada, la que hiciera las delicias de su amante, vagaba entre las nubes sin fijarse en nada. Lo más aterrador no era ella, sino la atracción que provocaba en mí. El tiempo que llevaba sin la compañía de una mujer empezaba a pasar factura. En más de una ocasión había fantaseado con la idea de tener una sesión de placer junto a ella y hoy por fin me decidí solucionar ese asunto. Con paso firme bajé las escaleras que daban acceso a mi calle y me dirigí hacia ella. Tenía que ser rápido si no quería ser sorprendido por otro de los que se paseaban junto a mi ventana. Me puse justo detrás de ella, lo saqué de mis pantalones y se lo clavé hasta que no podía más. No reaccionó, simplemente cayó al suelo encorsetada en su elegante traje de cuero negro mientras mi puñal descansaba en su nuca.
Escuadrón 87
No me tembló el pulso al firmar mi ingreso en el grupo de voluntarios. Sabía que necesitaban efectivos y la verdad sea dicha; me atraía la idea de formar parte de una unidad de primera intervención. Nos equiparon con la tecnología más avanzada del momento, aunque en nuestras inexpertas manos no eran más que un amasijo de pólvora y metal. El camuflaje de los uniformes que repartieron era inútil. Esos hijos de puta eran capaces de reconocer un trozo de carne en buen estado a distancia. Y ese filete, el que ellos ansiaban, eramos nosotros.
Pareja perfecta
Recostada sobre el sillón desde el que cada noche vigilamos la calle, allí descansa. El roce de mi piel con su gélido cuerpo me pone a cien. Nunca había sentido nada igual. Me hipnotiza su jadeante respiración, disfruto con cada soplo de humo que sale de su boca. Cada tarde, al caer el sol, la aprieto junto a mi en busca de nuevas sensaciones. Juntos somos uno. Un hombre solitario y una mujer de oscura mirada, la pareja perfecta. Dos almas sedientas en un macabro oasis.
Descansa pequeña
Su habitación estaba como la dejó. No sobraba ni faltaba nada entre aquellos muros que tanta vida albergaron. Todos sus peluches se encontraban perfectamente ordenados. La ropa llenaba los armarios, había incluso vestidos sin estrenar. Sus zapatos bajo la cama, donde solían descansar después del paseo de cada tarde. Los caballitos del tiovivo que decoraban su habitación no parecieron percatarse de lo que sucedía. Hice hueco en una balda llena de cuentos infantiles, tenía un último regalo para su habitación. Con mucho cuidado la saqué de la bolsa para colocarla entre aquellos libros. Ahí estaba, en su cuarto, como siempre había querido. Dispuse la cabeza para que siempre estuviese mirando a sus muñecos, esos que tanto le gustaban.
Asesino Rob
Junto al viejo esmeril, herencia del negocio familiar, descansaban sus herramientas. Todas dispuestas para la faena, esa noche tocaba salir de cacería. El tacto enfermizo con el que las cuidaba era síntoma inequívoco de lo que representaban en su vida y en su macabra afición. Hablaba con ellas convencido de que podían oírle. Para que puedan hacerse una idea del límite real de su locura, llegó a ponerles nombres y así las diferenciaba. Rob era un hombre metódico en sus prácticas, cuidadoso e impoluto en sus habilidades. No descuidaba un sólo detalle en toda la operación. Pero un día, la rutina de la perfección le jugó una mala pasada. Nunca se hubiera imaginado que sería más complicado matar a uno de esos vagabundos -así llamaba a los que se levantaron de su descanso eterno- que a un vivo.
Parada obligatoria (VIII)
- Es un diario. – dijo una voz que emanaba de las tinieblas. - Puedes leer un poco si quieres, no vas a encontrar nada que no hayas visto con tus propios ojos. A simple vista parecía estar escrito por un maníaco; líneas cruzadas, palabras sueltas, frases sin sentido. Eran los apuntes de un demente, pero había algo, justo al lado del cuaderno, que llamó aún más mi atención. El halo de la bombilla, que momentos antes había encendido mi misterioso nuevo amigo, era insuficiente para hacer legible las anotaciones que parecían estar talladas en la mesa. - No te preocupes, sabes bien a que momento corresponden. Es la crónica de tu aventura hasta llegar aquí, no tenía con qué escribirlas así que tuve que usar lo único que se me ocurrió. Era incapaz de articular palabra. Pensé que, tras perder a mis amigos, no volvería a encontrar a ningún superviviente en mucho tiempo. – Por cierto, te debo una disculpa. La sangre de la pared no es de ningún zombie, es mía. Como ya te dije tuve que acabar la historia con lo único que pude, mis uñas.
Buenas noches II – La llamada
- No, no sé lo que está pasando. Tengo a mi marido encerrado en la habitación. Pensé que tras el disparo acabaría con él, pero pasado un rato se levantó. – fue lo que su voz contestó a mi mecánico descolgar. Por un momento creí que había sido un intento de asesinato, otro más, pero había algo distinto. – ¿Sigue ahí? ¡Por favor, necesito que hagan algo! No sé cuanto más va a durar la puerta. Está como enloquecido, no es él, nunca ha tenido esa fuerza. – dijo interrumpiendo mis cavilaciones. No sabía que hacer, enmudeció mi experiencia y bagaje en momentos conflictivos, estaba totalmente desbordada. – Señora, retenga a su marido dentro de la habitación mientras llegan los agentes. - Colgué, dí un sorbo al café que minutos antes me había servido y traté de asimilar lo que acababa de ocurrirme. -Empezamos bien la noche…









